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Marco teórico

Piel y tecnología se amalgaman, se interpelan, se hacen una sola.

Y este hallazgo resignifica el cuerpo: lo torna ‘cuerpo virtual’, lo elonga, lo amplía, cataliza una nueva fenomenología escénica emanada al entrelazarse artes performáticas y tecnología digital (en concreto, nos referimos a lo que Steve Dixon llama ‘digital performance’, ámbito que nos ocupa). Quedan así pulverizados los tradicionales confines del cuerpo y de la conciencia de éste, sobrevienen formas enriquecidas de percepción y modelos disidentes de entender la corporeidad más allá del corsé de la normatividad moderna.

Piel y tecnología en una poética del encuentro.

Y desde este cruzamiento acontecen experiencias artísticas que permiten novedosas formas de comunicación —facilitando algo más nuestra insondable necesidad de narrarnos— y de empatía, se refuerzan las herramientas para seducir y entender a esa alteridad agencial que es el público.

El proyecto Piel tecnológica, que ha contado con el apoyo del PADID, se enmarcó en el Translab —que a su vez se desarrolló dentro del Programa de Investigación y Experimentación Medialab del Centro Multimedia del CENART— de 2009 a 2013. Translab es un laboratorio multidisciplinar, teórico-experimental donde se investiga sobre la dupla artes performáticas & tecnología. En concreto, la línea Piel tecnológica explora la construcción de interfaces biofísicas de contacto y vestuarios interactivos, esto es, dispositivos portátiles y flexibles (wearable computing) capaces de generar propuestas audiovisuales a partir de traducir los signos vitales.

El ámbito de investigación que supone el proyecto Piel tecnológica hace dialogar a lo artificial con la carne, y redimensiona así la inherente labor mediadora de la piel, pues la prótesis interactúa con nuestros indicadores biológicos, con esos rastros vivenciales e íntimos como son el pulso, la voz, el movimiento, la respiración, la temperatura, incluso con nuestra neurotransmisión, haciéndolos inteligibles, descifrándolos y logrando que reverberen certezas allí donde piel a secas tan sólo era tornasolada; creando así una piel tecnológica con una expresividad multiproyectada, una dislocación discursiva determinante en la historia del arte escénico. Las interfaces biofísicas, la telemática, los sistemas de redes, usan como materia plástica un continnum de energía vital, y este desarrollo de dispositivos ergonómicos inteligentes está llevando la comunicación hombre-máquina a grados insospechados y de inmensa elocuencia.

No hablamos aquí del cyborg y su ontología híbrida —sino de un cuerpo virtual, de cómo lo biológico establece una causalidad recíproca con la prótesis—, pero tomemos la expresión celebratoria de Donna Haraway al decir que la guerra fronteriza entre máquina y organismo ha terminado. Festejemos la belleza de un cuerpo insolente con sus propias limitaciones, indómito con sus contornos, de una piel tecnologizada que reinvindica su voz intersticial. No temamos a la prótesis, de uno u otro modo siempre estuvo ahí: ya José Luis Brea sugería en su manifiesto Cultura_RAM que la propia escritura es un artefacto protésico de nuestra memoria. La prótesis es un elemento de poieis, un asombroso ejecutor de posibilidad.

Es tiempo de adquisición sin pérdidas y hemos de entender estos dispositivos como altavoces de nuestro gesto y como hacedores procesuales de nuevo material simbólico, de nuevas metáforas. Sin duda, son dispositivos protésicos transmisores de significado. En este sentido el gesto y la metáfora —ejes temáticos del Translab— son indisociables del uso creativo de la tecnología. Ante ello aparecen interrogantes como los siguientes:

¿Qué posibilidades artísticas surgen de la extensión, disolución y desdoblamiento del cuerpo-presencia? ¿Qué poéticas emergentes devienen del gesto en su conjunción con la tecnología? ¿Cómo se reconfigura el gesto corporal y su intención a partir del uso tecnológico? ¿Cómo se establece la relación empática espectador-performer al surgir entre ellos códigos expresivos inéditos? ¿Qué relaciones simbólicas se establecen en escena al intervenir la tecnología, cuando el medio ya no sólo es un contenedor de significado, sino un generador de éste? ¿Cómo enlazar todo esto con la reminiscencia histórica del ritual? ¿Cómo articular simbólicamente en nuestra visión de mundo las nuevas realidades que el diálogo cuerpo-técnica —a modo de demiurgo— está originando?

Este binomio entre lo tecnológico y lo performático detona vertiginosamente formas imprevistas, y el laboratorio de investigación que implica el proyecto Piel tecnológica se nos presenta como un espacio donde elaborarlas, formularlas, analizarlas, donde articular su pertinencia epistémica y social, donde explotar su potencialidad creativa. En su libro Closer, Susan Kozel apunta la necesidad de tejer marcos conceptuales y metodológicos para alambicar la realidad surgida al integrase los dispositivos digitales con el cuerpo actuante. El cuerpo virtual ha de antojársenos como un entorno nuevo (anhelada noosfera) y, como sugiere Fernando Broncano, la exploración de estos entornos se convierte en una tarea necesaria de extrañamiento y epifanía de nuestro hábitat informacional, «algo que nos permite reubicarnos en la tarea de estar dentro y fuera de la cultura, como productores y como críticos de ésta.»

Beatriz Marcos